Cuentos

Alicia en el País de las Maravillas

Lewis Carroll

Editorial Gribaudo

¿QUIÉN ROBÓ LA TARTA?

                Cuando llegaron, el Rey la Reina de Corazones estaban sentados en sus tronos, rodeados por una gran multitud de pajaritos y criaturas de todo tipo, así como la baraja al completo. La Sota se erguía de pie delante de ellos, con cadenas y un soldado a cada lado para vigilarla; al lado del Rey se distinguía el Conejo Blanco, con una trompeta en la mano y un rollo de pergamino en la otra. Justo en el centro de la corte había una mesa, con una gran bandeja encima y una tarta; tenía un aspecto tan rico que a Alicia le dio hambre con solo mirarla… “Esperemos que se den prisa con el juicio”, pensó, “¡y que pasemos enseguida a la merienda!” Pero no parecían muy dispuestos a ello, así que Alicia empezó a curiosear por los alrededores, para pasar el tiempo.

                Era la primera vez que Alicia pisaba una sala de tribunal, pero había leído sobre ellas en varios libros, y se sintió muy satisfecha al descubrir que conocía el nombre de casi todo lo que había allí. “Ese es el juez”, se dijo, “con esa gran peluca.”

                El juez, por cierto, era el Rey; y puesto que llevaba la corona encima de la peluca (échenle una mirada al dibujo si quieren saber cómo lo había conseguido), no parecía para nada cómodo, y por otra parte no le quedaba nada bien.

                “Y ese es el banco del jurado”, pensó Alicia, “y esas doce criaturas”, (tenía que decir “criaturas” a la fuerza, ¿entienden?, porque algunos de ellos eran animales, otros eran pájaros), “me imagino que son los que forman el jurado.” Repitió esta última palabra dos o tres veces, siempre para sí, sintiéndose muy orgullo; porque pensaba, y estaba muy en lo cierto, que muy pocas niñas de su edad sabían lo que quería decir. En cualquier caso, también “miembros del jurado” habría resultado igual de bien.

                Los doce miembros del jurado estaban todos muy ocupados escribiendo en sus pizarras. “¿Qué están haciendo?”, le susurró Alicia al Grifo. “No pueden haber empezado ya a tomar apuntes, si el juicio aún no ha comenzado.”

                “Están escribiendo sus nombres”, susurró por toda respuesta el Grifo, “por miedo a que se les olvide antes del final del juicio.”

                “¡Cuantas chorradas!”, empezó a decir en voz alta, muy indignada, pero se calló en seco porque el Conejo Blanco gritó: “Silencio en la sala!”, y el Rey se puso las gafas y miró a su alrededor con aire preocupado, para entender quién estaba hablando.

                Alicia pudo ver, como si hubiera espiado por encima del hombro, que todos los miembros del jurado estaban escribiendo “¡cuántas chorradas!” sobre sus pizarras, y también pudo darse cuenta de que uno de ellos no sabía cómo se escribía “chorradas” y había tenido que preguntarle a su vecino. “¡Un buen caos serán esas pizarras, cuando termine el juicio!”, pensó Alicia.

                Uno de los miembros del jurado tenía una tiza que hacía jriiiiiij sobre la pizarra. Esto, naturalmente, resultaba insoportable para Alicia; por lo que rodeó la sala, se puso detrás de él, y pronto encontró la ocasión oportuna para quitársela. Y lo hizo tan rápidamente que el pobre pequeño jurado (se trataba de Bill, la Lagartija) no pudo captar qué es lo que había pasado; y tras ponerse a buscar sin éxito por los alrededores, se vio obligado a escribir con un dedo durante todo el día; lo que servía de bien poco, dado que en la pizarra no quedaba ningún rastro de nada.

                “Heraldo, ¡lee la acusación!”, ordenó el Rey.

                Entonces el Conejo Blanco dio tres toques de trompeta, y luego desenrolló el rollo de pergamino, y leyó lo que sigue:

“¡La Reina de Corazones hizo unas tartas

                 todas en un día de verano:

                 la Sota de Corazones robó esas tartas

                 y las llevó a un sitio muy lejano!”

                “Consideren su sentencia”, espetó el Rey al jurado.

                “¡Aún no, aún no!”, intervino deprisa el Conejo. “¡Antes de la sentencia hay muchas cosas que hacer!”

                “Llamen al primer testigo”, dijo el Rey; y el Conejo Blanco dio otros tres toques de trompeta, y gritó, “¡El primer testigo!”

                El primer testigo era el Sombrerero. Dio un paso al frente con una taza de té en la mano y un canapé de pan con mantequilla en la otra. “Pido disculpas a su Majestad”, empezó, “si me presento con esto en la mano; pero cuando han venido a llamarme aún no había terminado mi té.”

                “Debería haberlo terminado ya”, observó el Rey. “¿Cuándo empezó?”

                El Sombrerero echó una mirada a la Liebre de Marzo, que lo había seguido hasta la sala, del brazo del Lirón. “El catorce de marzo, creo que fue”, respondió.

                “El quince”, advirtió la Liebre de Marzo.

                “El dieciséis”, corrigió el Lirón.

                “Tomen nota”, dijo el Rey al jurado, y el jurado escribió con cuidado todas las fechas, cada uno sobre su pizarra, y luego hizo la suma, calculando el total en libras y peniques.

                “Quitaos el sombrero”, ordenó el Rey al Sombrerero.

                “No es mío”, explicó el Sombrerero.

                “¡Robado!”, exclamó el Rey, dirigiéndose al jurado, que inmediatamente tomó nota del hecho.

                “Yo tengo sombreros para venderlos”, añadió el Sombrerero como explicación; “no tengo ni siquiera uno mío. Yo soy un sombrerero.”

                “Dé su testimonio”, prosiguió el Rey, “y no se ponga tan nervioso, de lo contrario haré que le corten la cabeza aquí mismo.”

                Esto no pareció animar al testigo en absoluto, que empezó a balancearse de un pie al otro, mirando, incómodo, a la Reina, tan confuso que de un bocado arrancó un gran trozo de la taza de té en lugar del pan con mantequilla.

                Justo en ese momento Alicia tuvo una extraña sensación, que la dejó perpleja durante un rato hasta que se dio cuenta de lo que se trataba realmente: estaba comenzando a hacerse de nuevo grande, y en un primer momento pensó que sería mejor levantarse y dejar la sala del tribunal; pero considerándolo mejor, decidió quedarse donde estaba por lo menos mientras hubiera espacio para ella.

                “¿Te importaría dejar de aplastarme?”, inquirió el Lirón que estaba sentado a su lado. “Ni siquiera puedo respirar.”

                “No puedo hacer nada”, repuso Alicia con un tono muy tranquilo: “Me estoy volviendo grande.”

                “No tienes ningún derecho a agrandarte aquí”, advirtió el Lirón.

                “No diga tonterías”, dijo Alicia con más coraje, “¿sabe que usted también está creciendo?”

                “Sí, pero yo crezco a un ritmo razonable”, aseguró el Lirón, “¡no de esa manera ridícula tuya!” Y muy enfurruñado se levantó y cruzó la sala hasta el otro lado.

                Durante todo este tiempo la Reina no había dejado de observar al Sombrerero, y justo mientras el Lirón estaba cruzando la sala, ordenó a uno de los oficiales de la corte: “¡Tráiganme la lista de los cantantes del último concierto!”, y entonces el desafortunado Sombrerero se puso a temblar tanto que arrojó lejos los zapatos que llevaba puestos.

                “Dé su testimonio”, repitió el Rey enfadado, “o haré que le corten la cabeza, esté o no nervioso.”

                “Yo soy un pobre hombre, su Majestad”, comenzó el Sombrerero, con la voz temblorosa, “y ni siquiera había empezado con el té… no desde hace alrededor de una semana… y por el hecho de que el canapé de pan con mantequilla era tan finito… y con el tintineo de ese té…”

                “¿El tintineo de qué?”, preguntó el Rey.

                “Comenzó con el té”, contestó el Sombrerero.

                “Ya sé que tintineo empieza con T!”, dijo el Rey, seco. “¿Me toma por un idiota? ¡Continúe!”

                “Soy un pobre hombre”, siguió el Sombrerero, “casi todo empezó a tintinear después de eso… solo la Liebre de Marzo dijo…”

                “¡No dije nada!”, lo interrumpió a toda prisa la Liebre de Marzo.

                “¡Sí lo hiciste!”, aseguró el Sombrerero.

                “¡Lo niego!”, exclamó la Liebre de Marzo.

                “Ella lo niega”, repuso el Rey, “no siga con ese detalle.”

                “Bueno, en todo caso el Lirón dijo…”, continuó el Sombrerero mirando alrededor con aire preocupado, no fuera a ser que aquel también lo negara todo: pero el Lirón profundamente dormido, no negó nada de nada.

                “Después de eso”, siguió el Sombrerero, “preparé más pan con mantequilla…”

                “Pero, ¿qué dijo el Lirón?”, preguntó un miembro del jurado.

                “Eso no lo recuerdo”, dijo el Sombrerero.

                “Debe recordarlo”, insistió el Rey, “de lo contrario haré que le corten la cabeza.”

                El infeliz Sombrerero dejó caer la taza de té y el pan con mantequilla, y se tiró al suelo de rodillas. “Yo soy un pobre hombre, su Majestad”, empezó a decir.

                “Usted es realmente un pobre orador”, sentenció el Rey.

                Aquí uno de los conejillos de Indias aplaudió, pero el aplauso fue reprimido enseguida por los oficiales del tribunal. (Dado que “reprimido” es una palabra un poco fuerte les explicaré en qué consistía el hecho. Los oficiales tenían un gran saco de cáñamo que se cerraba por arriba con unas cuerdas: metieron ahí al conejillo de Indias, cabeza abajo, y luego se sentaron encima.)

                “Estoy contenta de haber visto lo que ha pasado” pensó Alicia. “He leído muchas veces en los periódicos, al final de los juicios “Siguió un intento de aplausos, enseguida reprimido por los oficiales del tribunal”, y solo ahora entiendo por fin qué quiere decir.”

                “Si esto es todo lo que sabe sobre la cuestión, puede bajar”, continuó el Rey.

                “Más bajo de lo que estoy no puedo”, contestó el Sombrerero, “he tocado al suelo.”

                “Entonces puede sentarse”, repuso el Rey.

                Aquí el otro conejillo de Indias vitoreó y fue “reprimido.”

                “Bueno, ¡ya no hay más conejillos de Indias!”, pensó Alicia. “Ahora podremos seguir mejor.”

                “Preferiría terminar mi té”, dijo el Sombrerero, con una mirada preocupada a la Reina, que estaba leyendo la lista de los cantantes.

                “Puede irse”, dictaminó el Rey, y el Sombrerero se fue corriendo a toda prisa, sin ni siquiera detenerse a ponerse los zapatos.

                “Basta con que le cortéis la cabeza en cuanto salga”, añadió la Reina a uno de los oficiales: pero el Sombrerero desapareció ante de que el oficial pudiera alcanzar la puerta.

                “¡Llamen al siguiente testigo!”, gritó el Rey.

                El siguiente testigo era la cocinera de la Duquesa. Llevaba en la mano un tarrito de pimienta, y Alicia adujo quién era incluso antes de que entrase en la sala, porque todos los que estaban cerca de la puerta habían empezado a estornudar.

                “Dé su testimonio”, ordenó el Rey.

                “¡Y un cuerno!”, respondió la cocinera.

                El Rey dirigió una mirada preocupada al Conejo Blanco, quien en voz baja, aconsejó: “Su Majestad, con esta testigo habrá que hacer un contrainterrogatorio.”

                “Bueno, si he de hacerlo, he de hacerlo”, afirmó el Rey con expresión melancólica, y, cruzados los brazos y dirigiéndose a la cocinera con el ceño tan fruncido que casi no se le venían los ojos, preguntó con voz profunda: “¿De qué está hecha la tarta?”

                “De pimienta, sobre todo, dijo la cocinera.

                “De melaza”, corrigió una voz soñolienta detrás de ella.

                “Que atrapen a ese Lirón”, gritó la Reina. “¡Que le corten la cabeza a ese Lirón! ¡Sáquenlo de la sala! ¡Elimínenlo! ¡Tortúrenlo! ¡Que le corten el bigote!”

                Durante unos minutos la sala se convirtió en un gran caos, con la multitud de los presentes ocupada expulsando al Lirón; pero antes incluso de que todos volvieran a ocupar sus puestos, la Cocinera había desaparecido.

                “¡No importa!”, dijo el Rey, con aire de alivio. “Llamen al siguiente testigo.” Y bajando la voz confesó a la Reina: “Verdaderamente, querida, el próximo testigo deberíais contrainterrogarlo vos. ¡Es algo que me provoca dolor de ojos!”

                Con gran curiosidad, Alicia se puso a observar cómo el Conejo Blanco buscaba en su lista al siguiente testigo: “…porque hasta el momento no han conseguido muchas pruebas”, se dijo. Imaginen, por lo tanto, cuál fue su sorpresa cuando el Conejo Blanco, con su vocecita chillona pronunció el nombre de… “¡Alicia!”